Jesús y la Iglesia: el fundamento de la Jerarquía
Por Carlos Julio Casanova GuerraSegún Dan Brown,la Iglesia es una organización usurpadora. Jesús, profeta mortal y pagano, fundó un movimiento de restauración del culto a lo “sagrado femenino”, en el que puso como líder a María Magdalena, su esposa, quien estaba embarazada en el momento de la crucifixión. San Pedro, el envidioso, comenzó una persecución del Santo Grial, que tuvo que huir –a Francia– para evitar la muerte. Luego, el emperador Constantino, mediante el Concilio de Nicea, de 325, terminó el trabajo, escogiendo a los cuatro evangelios del canon, erigiendo como Dios a Jesús y dando carta libre al machismo patriarcal dela IglesiaCatólica.Que desde entonces se ha dedicado a mentir y a matar a todo el que se le interponga, sobre todo a mujeres y miembros del Priorato de Sión, que, desde el siglo XI, ha guardado el secreto más grande de todos los tiempos. Antes del Concilio de Nicea, prácticamente, no se sabe nada ni de Cristo ni del Cristianismo, sólo lo dicho y que había entrado en guerra contra el paganismo; Nicea fue un expediente del emperador para acabar con esa guerra. Las fuentes que valen la pena resaltar de ese período son los “evangelios” de Felipe y María Magdalena y los cuadros de “Da Vinci”. Ésta es, pues, la versión de Brown sobre el asunto.
Respecto de las fuentes acerca del primer Cristianismo y Jesús, ese Cristianismo de los tres primeros siglos y Jesús mismo, el Concilio de Nicea, la obra de Constantino y sus secuelas, lo que es la Iglesia hoy y en qué consiste, ya hemos tratado en los artículos anteriores de esta serie. Sobre la figura de María Magdalena, trataremos en el artículo número VI. Ahora interesa ver la relación de Jesús conla Iglesiaque Él fundó, para que se vea un nuevo punto en referencia al cual Dan Brown no dice más que disparates. Es necesario recordar que, en el número IV.B.1, se mostró claramente que no hay una razón fundada en este mundo para dudar de la autenticidad de los evangelios canónicos. Ellos serán la guía en esta nueva investigación.
En primer lugar, hay que hacer una aclaratoria. Jesús tuvo muchos discípulos, es decir, centenares de ellos; y unos cuantos miles de personas estaban enteradas de su existencia. Hasta ahí, no más. No es verdad que, como dice Brown, “derrocó reyes, inspiró a millones de personas y fundó nuevas filosofías […]. Es comprensible que miles de seguidores de su tierra quisieran dejar constancia escrita de su vida”. Sencillamente, en Palestina, en época de Jesús, vivían unas 500 mil personas; de las que sólo un puñado pudo ver y oír al Maestro. Quizás otros tantos oyeron de Él: algunos se habrán maravillado, otros se habrán asustado, otros lo habrán tildado de loco iluminado, como tantos otros que pululaban por esa región en aquella época. El Evangelio nos da noticias de esto: “‘¿quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?’”, preguntó Jesús a sus discípulos. “Ellos contestaron: ‘unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros que Jeremías u otro profeta’” (Mt. XVI,13-14). Y más todavía: los discípulos de Juan Bautista no sabían quién era: éste los mandó en una embajada a averiguarlo (Mt. XI,1-6), aún cuando Juan había anunciado públicamente que Él era el Mesías (cfr. Mt. III,13-14; Jn. I,29-36).
De esos centenares de discípulos, sólo algunos permanecieron con Él. En la ocasión del discurso del Pan de Vida (Jn. VI,25-59), en la que Jesús anunciaba la Eucaristía, que es la entrega de su Carne para Vida del mundo, casi todos, menos los doce apóstoles escogidos por Jesús, lo abandonaron (Jn. VI,60-71). Además, entre ellos, Jesús estableció una Jerarquía, que constaba básicamente de tres niveles. En el primero estaba Pedro, Jefe de los Doce; pero los Doce no eran menos que él, pues el apóstol debía gobernar en comunión con ellos. En el nivel más “externo”, digamos, estaba un grupo de setenta y dos misioneros. Esta organización la veremos en detalle ahora.
Para empezar, hay que decir algo de vital importancia. Para ello, podemos citar un pasaje de Daniel Rops, que expresa de manera muy adecuada lo referente ala Jerarquíay que, de paso, explica muy claramente la necesidad del celibato por el Reino, que instituyó el Señor (Mat. XIX), que tanto ha servido a su Iglesia y que es blanco de la más dura oposición por parte de los enemigos dela Iglesia:
“Tampoco cabe formarse de su organización [de la Iglesia] más que una idea aproximada. La tenían ciertamente, pues toda empresa humana la supone y el mismo triunfo del Cristianismo en el plano temporal prueba que su crecimiento obedeció a esa profunda ley de la historia que quiere que, para desarrollarse, un movimiento haya de tener un personal sólido, un principio de mando y un método de acción, todo ello en estrechas relaciones y como fundido con la doctrina. Por otra parte, el mismo Jesús había dado todo eso a los suyos e incluso uno de los más asombrosos aspectos de su actividad en la Tierraes, para quien sabe leer el Evangelio, ese esfuerzo práctico de organización y de educación que realizó y cuyas consecuencias se prolongan hasta nosotros. Todo prueba que Dios hecho hombre sabía que, para sobrevivirle, su obra necesitaría de instituciones humanas. Por eso, los fundamentos institucionales creados por Él se encuentran también en la Iglesiaprimitiva” (La Iglesia de los apóstoles y los mártires. Editorial Palabra. Madrid, 1.992. pp. 23-24).
Pero Rops todavía comenta estos hechos así:
“No es éste uno de los aspectos de Cristo que más se estudian, pero es, sin embargo, uno de los más apasionantes y quizás en el que más ha de ahondar el porvenir. Jesús no fue sólo un poderoso despertador de almas, el autor y portavoz de la sublime doctrina y la víctima sobrenatural que todos sabemos, sino que se reveló también como el más sabio de los educadores y el más eficaz hombre de acción. Dio a los suyos una enseñanza concreta, digna de una escuela de mandos o un curso de propaganda; les enseñó una táctica. En todo caso, tenemos derecho a decir quela Iglesianació de Cristo, pues tanto las instituciones como los dogmas que veremos desarrollarse en el curso de los siglos, tienen sus raíces en su enseñanza, y así, desde sus comienzos, presentó ala Iglesiaese doble carácter que persistiría hasta nuestros días (y hace que su historia sea tan difícil de captar) de ser, al mismo tiempo, una manifestación de fe, como Cuerpo Místico del Dios vivo, que es su alma, y un conjunto de instituciones humanas, queridas también por Dios” (ibíd.).
Pensar que cualquier rasgo dela Iglesia, en cualquier momento de su desarrollo secular, va más allá del querer de Dios es una blasfemia virtual, pues implica, aunque no se sea consciente del hecho, que Dios no es poderoso para hacer lo que planea, que Dios no conocía la historia al fundar ala Iglesiao alguna otra de estas disminuciones teóricas del Poder divino.
Sobre esta base, estudiaremos la Jerarquía, de fuera hacia adentro, de los setenta y dos a Pedro, muy brevemente, según reclama esta serie de artículos. Yendo camino a Jerusalén desde Galilea, luego de varias vocaciones frustradas, Jesús “designó” (así dice literalmente el Evangelio, según todas las versiones que he visto) a setenta y dos y los envió a predicar de dos en dos, delante de Sí, a toda ciudad por la que Él pasaría. “Les dijo: ‘la mies es mucha y los obreros son pocos, orad, pues, al Señor de la mies para que mande obreros a su mies. Id, Yo os envío como corderos en medio de lobos’” (cfr. Lc. X,1-12). Sobre estos setenta y dos, no se sabe más; sólo San Lucas los nombra, de manera muy escueta. El Catecismo de la Iglesia Católica sólo hace una alusión a ellos muy somera, según la cual, no sólo los Doce, sino también los demás discípulos, participan de la misión de Jesús de evangelizar al mundo entero (cfr. Mt. XXVIII,16-21). Así, esta misión de estos discípulos muestra que todo el Pueblo cristiano está llamado a participar del sacerdocio real del Señor (I Pe. II,5.9).
Los Doce son los escogidos por Jesús para dirigir su Iglesia: “en verdad os digo: cuanto atareis en la tierra será desatado en el cielo y cuanto desatareis en la tierra será desatado en el cielo” (Mt. XVIII,18). Y a ellos da especialmente varios mandatos clave, que conllevan, por supuesto, el conferimiento del poder respectivo. El mandato de celebrar la Eucaristía, Sacrificio de la AlianzaNuevay Eterna: “haced esto en memoria mía” (Lc. XXII,19; I Cor. XI,24-25). El de bautizar (Mt. XXVIII,19; Mc. XVI,15-16). De perdonar los pecados: “recibid el Espíritu Santo, a quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados, a quienes se los retengáis les quedan retenidos” (Jn. XX,22-23). De predicar el Evangelio a toda criatura (Mt. XXVIII,19; Mc. XVI,15-16; Lc. XXIV,47-48, Act. I,8).
Todo esto implica, claramente, la institución de un sacerdocio, de un pontificado: ‘pontífice’ significa “el que hace de puente”, entre Dios y el mundo; y, en el Judaísmo, el pontífice era el que realizaba los sacrificios en el Templo. “Era esto [los sacrificios y el Templo del Antiguo Testamento] figura que miraba a los tiempos presentes, pues en aquél se ofrecían oblaciones y sacrificios que no eran eficaces para hacer perfecto en la conciencia al que ministraba, pues era sólo sobre alimentos, bebidas, diferentes lavatorios y preceptos de una justicia carnal, establecidos hasta el tiempo de la rectificación. Pero Cristo, constituido Pontífice de los bienes futuros y penetrando en un Tabernáculo mejor y más perfecto, no hecho por manos de hombres, esto es, no de esta creación; ni por la sangre de los machos cabríos y de los becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el santuario, realizada la redención eterna” (Heb. IX,9-12). Los discípulos, que, entre los demás mandatos, tenían que celebrar el mismo Sacrificio dela Cruz enla Eucaristía –sentido divino de toda la creación–, eran constituidos, luego, en sacerdotes de la alianza Nueva y Eterna: “Así, pues, quien como el pan y bebe el cáliz del Señor indignamente será reo del Cuerpo y dela Sangre del Señor. Examínese, pues, el hombre a sí mismo y, entonces, coma el pan y beba el cáliz; pues el que come y bebe sin discernir el Cuerpo, como y bebe su propia condenación” (I Cor. XI,27-29). Y, quien celebrala Eucaristía, ofrece el Sacrificio del Cuerpo. Luego, los apóstoles fueron constituidos en sacerdotes. Por lo que “ellos no escogieron al Señor, sino fue Él quien los escogió” (cfr. Jn. XV,16). De modo que esta Jerarquía sólo la podía establecer Jesús y sólo se puede pertenecer a ella por Voluntad del Salvador.
Los hombres concretos que recibieron el llamado, la vocación, fueron: Simón-Pedro, Andrés, su hermano, Santiago (“el Mayor”) y su hermano Juan, hijos de Zebedeo, Felipe, Bartolomé, Tomás, apodado “dídimo” o “el gemelo”, Mateo el publicano, Santiago, hijo de Alfeo y de María, primo del Señor (quien estuvo al pie dela Cruz, junto a nuestra Madre María; cfr. Jn. XIX,25 y, también, Mt. XXVII,56 y Mc. XV,40), Judas Tadeo, Simón, el celador, y Judas Iscariote, que fue el que lo entregó (Mt. X,1-4; Lc. VI,12-16; Mc. III,13-19; Act., I,13). Antes de escogerlos, subió a un monte a orar toda la noche (Lc. VI,12), como si quisiera consultar con el Padre y el Espíritu sobre la elección indicada y como para pedir por aquellos a quienes daría semejante responsabilidad; mas, en último término, este episodio relatado por San Lucas muestra la gravedad, el peso, la importancia, del acontecimiento.
Pero, como Jefe del Colegio Apostólico, fue erigido Pedro. “Y Él les dijo: ‘¿y vosotros quién decís que soy?’. Tomando la palabra, Simón Pedro le dijo: ‘Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo’. Y Jesús respondió, diciendo: ‘Bienaventurado tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre, que está en los cielos. Y a ti te digo: tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no podrán contra ella; lo que atareis en la tierra será atado en el cielo, lo que desatareis en la tierra será desatado en el cielo’” (Mt. XVI,13-19). Esta declaración es tan fuerte que muchos que no aceptan a la Iglesia pretenden ignorarla, minimizarla, cambiarle el sentido o negarla. Unos dicen que Jesús se refería a una piedra, literalmente: a éstos no merece la pena, siquiera, responderles. Según el Patriarca Ortodoxo de Constantinopla, Bartolomé, las palabras transmitidas por San Mateo (XVI,16-18) no significan la constitución de ningún Primado sobre los hombros de Pedro, sino quela Fe esla Roca dela Iglesia. Veamos esas palabras más detenidamente. En ningún momento cambia la segunda persona singular en los respectivos complementos directos e indirectos de cada verbo: ‘revelado’ y ‘te’; ‘digo’ y ‘a ti te’; ‘daré’ y ‘te’. Igualmente, en los verbos de los que el sujeto no es el Padre o Jesús, el sujeto es Pedro o la segunda persona del singular: ‘eres’ y ‘Simón’; ‘eres Pedro’, ‘tú’; ‘atareis’ y ‘desatareis’ y el sujeto tácito ‘tú’. ¿Dónde se puede justificar el cambio de la persona de Pedro ala Fe expresada por él en la frase ‘sobre esta Piedra’? No ciertamente en el juego de palabras Pedro-Piedra, pues ‘Pedro’ es ‘Piedra’.
Sin embargo, como comenta Daniel Rops, “la crítica ‘libre’, apoyándose sobre el hecho de que los versículos en cuestión sólo figuran en el texto de San Mateo, sostuvo que habían sido interpolados. Los habría insertado un copista en época en que habiendo llegado a ser la Iglesiauna realidad histórica, deseóse proporcionar argumentos a favor de los poderes pontificios. Sin embargo, la interpolación no aparece en ninguno de los antiguos textos de San Mateo que poseemos. Todos los códices, todas las versiones antiguas incluyen el fragmento. Y, además, todos los especialistas están de acuerdo en decir, con el P. Lagrange, que no existe en los cuatro Evangelios un pasaje más netamente arameo por sus términos, por sus metáforas y por su construcción. Aparte del juego de palabras Pedro-piedra, otras muchas expresiones son típicas de la tradición judía. Hacía cuatro siglos, por lo menos, que ‘las Puertas’ designaban a las potencias infernales, por alusión a las ‘puertas del sehol’ –en griego, Hades– o lugar donde estaban los muertos [...]. Aún es más profundamente semita la alusión a las llaves [...]. La expresión ‘atar y desatar’, en el sentido utilizado por Jesús, era de uso corriente entre los doctores de la Ley [...]. El argumento del silencio de los otros Sinópticos no bastaría, pues, para anular este pasaje de tan grande importancia; si hubiese de suprimir de la Escritura todos los versículos que se hallan aislados en uno u otro evangelista, desaparecerían muchas de las más célebres ‘logia’ de Jesús. La pasión partidista desempeña en este asunto más papel que en cualquier otro, pero la Historia piensa que no hay más razón para dudar de la verdad de este pasaje que la del Evangelio entero” (Jesús en su tiempo. Ediciones Palabra. Segunda Edición, Madrid, diciembre de 2.000. pp. 283-284). Y, entonces, refutada la crítica, queda en pie la autenticidad del pasaje, como lo queda el Evangelio; y, así, queda en pie la autenticidad dela Iglesia como Asamblea de Dios.
Pero todavía la conclusión se puede establecer de manera mucho más sólida. En San Mateo, X,2, y en San Juan, II,42, es claro que la intención de Jesús era constituir a Pedro como “Piedra” y en un Servicio Primacial: “los nombres de los doce apóstoles son éstos: primero, Simón, llamado Pedro”, dice Mateo. Juan, en la ocasión del primer encuentro entre el Mesías y el futuro apóstol, relata así: “fijando [Jesús] la vista en él, dijo: Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú serás llamado Cefas, que quiere decir Pedro”.
Mas, el texto de Mateo, XVI,13-20, no es el único texto clásico sobre el Primado de Pedro: son tres. San Lucas, nos lega el segundo: “Simón, Simón, Satanás te ha reclamado para cribarte como el trigo, pero Yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca [la fe expresada en Cesarea de Filipo]; cuando te hayas convertido, confirma a tus hermanos” (XXII,31-32). Es nuevamente un mandato, el de confirmar a los hermanos, el de ser garante de la fe de todos los cristianos, por el Servicio Primacial, que asegura la unidad de los fieles en la verdad, tal como quería el Maestro: “que todos sean uno, como Tú, Padre, en Mí y Yo en Ti” (Jn. XVII,21). Cuando se anunciala Resurrecciónpor primera vez, el ángel dice a (¡Oh, sorpresa, Dan Brown!) María Magdalena (primer testigo dela Resurrección, según los cuatro evangelios canónicos) y a las otras mujeres, que vayan a avisar a Pedro y a los demás discípulos (Mc. XVI,7). Ante la noticia, Pedro y Juan se levantan corriendo y se dirigen al Sepulcro; Juan llega primero, pero se detiene para que pasara primero el Primero, el que debía confirmar a todos, Pedro (Jn. XX,3-10).
Más adelante, ya resucitado, el Maestro confirmará a Pedro en su misión, probándole que le ha perdonado su triple negación, pues el Servicio Primacial cuenta con la debilidad humana, sí, pero con la gracia de Dios que lo eleva, como resaltamos en el artículo anterior de esta serie. Ese servicio sería un servicio de negación personal hasta la muerte en Cruz, conllevaría un significado martirológico, no de afirmación. El Buen Pastor, que conoce a sus ovejas y sus ovejas Lo conocen (cfr. Jn. X,1-16), constituye a Pedro en su Pastor Vicario: “cuando hubieron comido, dijo Jesús a Pedro: ‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?’ Él le dijo: ‘sí, Señor, Tú sabes que te amo’. Díjole: ‘apacienta mis corderos’. Por segunda vez le dijo: ‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas?’ Él le dijo: ‘sí, Señor, Tú sabes que te amo’. Díjole: ‘apacienta mis ovejas’. Por tercera vez le dijo: ‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas?’ Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara ‘¿me amas?’ Y le dijo: ‘Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo’. Díjole Jesús: ‘apacienta mis ovejas’. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú te ceñías e ibas donde querías; cuando envejezcas, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará donde no quieras’. Esto lo dijo indicando de qué muerte había de glorificar a Dios. Después añadió: ‘sígueme’” (Jn. XXI,15-19). Y, Pedro, quien negó tres veces a Jesús en la hora difícil, le afirmó tres veces su amor y luego lo confirmó, siendo crucificado en Roma boca abajo, en el año 67, en la persecución de Nerón. Hasta ahí (año 67) llegó su Servicio Primacial. Luego, San Lino (67-76), San Anacleto (76-88), San Clemente (88-100), San Evaristo, San Alejandro, San Sixto, San Telésforo, San Higinio, San Pío (136-154), San Aniceto (154-¿?), San Sotero (¿?-175), San Eleuterio (175-189), San Víctor (189-199), San Ceferino (199-217), San Calixto (217-222), San Urbano (222-230), San Fabián (236-250), San Cornelio (251-253), San Dionisio (259-261), San Félix (270-272), San Marcelino (296-304), San Marcelo (304-309), San Milcíades (311-314), San Silvestre (314-335), San Julio (337-352), San Liberio (352-366), San Dámaso (366-384), San Cilicio (384-399)… Pío XII (1939-1958), Juan XXIII (1958-63), Pablo VI (1963-78), Juan Pablo I (1978), Juan Pablo II (1978-2004), Benedicto XVI (desde 2004): los 263 sucesores hasta el día de hoy.
Queda por ver quela Iglesiaes el Sacramento dela Salvaciónde Dios, fundada por su Cristo, para administrar sus misterios y anunciar su Revelación. También falta justificar, mediante las Escrituras, la transmisión de Primado de Pedro a sus sucesores, pero eso se hará en el próximo escrito. Por ahora, nos concentraremos en el Sacramento de Salvación.
A partir de Lutero, comenzó toda una historia, que llevaría al rechazo actual de la Iglesiay de Jesús y a todo el secularismo y ateísmo contemporáneo que amenaza tan poderosamente a la civilización occidental, antiguamente cristiana. No que Lutero sea responsable directo del secularismo; pero sí de todo el gran movimiento de difamación de la Iglesia(difamado el Símbolo visible, el Sacramento, difamado lo Significado, Jesús mismo), del inicio de grandes disturbios, que acabarían por expulsar a Dios de la vida pública en Occidente (lo que terminó expulsándolo también de la vida privada) y del fideísmo irracionalista, que socavó las bases de la defensa y explicación racional de la fe. Como diría Montaigne, de quien no se puede sospechar que sea un acusador partidista: “fue cuando las novedades de Lutero comenzaron a cobrar crédito y a romper en muchos sitios lo que constituía nuestra vieja educación”, cuando el pueblo se dispuso “a no recibir nada sin antes haber interpuesto su propio decreto así prestando reconocimiento” (Citado por: Carlos Cardona, Renato Descartes: El Discurso del Método. EMESA. Segunda Edición. Madrid. 1.975. pp. 134-135.).La Reforma constituyó una fractura radical del espíritu de Occidente, aunque de parte y parte, sin duda, hubo culpa, lo que se anota es el hecho, no de quién fue la culpa, eso es materia de otro trabajo, lo que importa aquí es la “cultura” en la que vivimos. Esa “cultura” explica en buena parte que existan fenómenos como Dan Brown.
Pues bien, los luteranos y casi todas las iglesias y sectas nacidas dela Reforma(salvo Calvino, quien, después de lanzarse contrala Iglesiafundada por Jesús, fundó su propia iglesia calvinista, a la que tenía en gran estima, pues, segúnla Escritura, la iglesia es la esposa de Jesús y el Cuerpo Místico) estiman que no hace falta una Iglesia parala Salvacióny que Jesús no pudo fundarla, pues, apoyándose en San Pablo, como el reformador, afirman que la fe sola justifica; ya que el Apóstol, enla Cartaa los Romanos (III,21-IV,25; especialmente III,28), dice que “sostenemos que el hombre es justificado por la fe sin obras dela Ley”. Donde ‘justifica’ significa ‘salva’ y ‘justicia’, ‘salvación’. Como la fe es un don de Dios, los que se salvan son los que tienen fe, sin necesidad de obras, por predestinación divina (cfr. Rm. VIII,28-35). Además, no hay otra mediación que la de Jesús, “porque uno es Dios, uno el Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús” (I Tim. II,5).
Sin embargo, la fe de la que habla San Pablo y de la que Lutero asegura que justifica sin obras y sin Ley (mosaica) es la fe en Jesús. La fe en Quien respondió, a la pregunta por “¿qué obra buena he de realizar para alcanzar la vida eterna?”, “si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos” (Mt. XIX,16-17). La fe en Alguien que dijo: “No todo el que dice: ‘¡Señor, Señor!’ entrará en el Reino de los cielos, sino el que hace la Voluntad de mi Padre, que está en los cielos. Muchos me dirán aquel día: ¡Señor, Señor!, ¿no profetizamos en tu nombre y en nombre tuyo arrojamos demonios y en tu nombre hicimos muchos milagros? Yo entonces les diré: ‘nunca os conocí, apartaos de Mí los que obráis la iniquidad. Aquel, pues, que escucha mis palabras y las pone por obra, será como el varón prudente, que edifica su casa sobre roca [...]. Pero el que me escucha estas palabras y no las pone por obra, será semejante al necio, que edificó su casa sobre arena” (Mt. VII,21-27). ¿Cuáles son “estas palabras” que hay que poner por obra? Las del Sermón de la Montaña, que no “abroga la Ley o los Profetas, sino lleva a la Ley a la plena consumación” (Mt. V,17). Véase lo que dice el propio Apóstol, en I Cor. XIII,2: “[si tuviera] tanta fe que pudiera trasladar los montes y me faltara el amor, nada sería”; y: “ahora permanecen estas tres cosas: la fe, la esperanza y la caridad; pero la más excelente de ellas es la caridad” (I Cor. XIII,13). ¿Cómo se resuelve este aprieto? Así: San Pablo asegura que “en Cristo Jesús, ni vale la circuncisión ni vale el prepucio, sino la fe que actúa por la caridad” (Ga. V,6): “quien ama al Prójimo ha cumplido la Ley. Pues ‘no adulterarás, no matarás, no robarás, no codiciarás’ y cualquier otro precepto, en esta sentencia se resume: ‘amarás al prójimo como a ti mismo’. El Amor no obra el mal del prójimo, pues el amor es la plenitud de la Ley” (Rm. XIII,8-10). Porque “si alguno me ama [a Jesús] guarda mi palabra y mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn. XIV,23); así, el que le ama y guarda sus palabras, en quien morala Trinidad, es el que ama al prójimo: “en esto conocerán que sois mis discípulos: en que os amáis unos a otros” (Jn. XIII,35). ¿Quiere alguien mayor claridad?
Por otro lado, habiendo sin duda mediaciones participadas, como la de los propios escritores humanos de La Escritura (lo que convierte al argumento, a partir de la Escritura, a favor de la única Mediación, que excluye a toda otra, en una contradicción en los términos mismos), la Mediación de la Iglesia es la propia Mediación per se del Señor: “al que es poderoso para hacer que copiosamente abundemos más de lo que pedimos o pensamos, en virtud del poder que actúa en nosotros, a Él sea la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús, en todas las generaciones, por los siglos de los siglos. Amén” (Ef. III,20-21). Y es que, entre la Iglesia y Jesús, no hay distinción: “Cristo es Cabeza de la Iglesia y salvador de su Cuerpo [...]. Los maridos deben amar a su mujer como a su propio cuerpo. El que ama a su mujer a sí mismo se ama y nadie aborrece jamás su propio cuerpo sino que lo alimenta y lo abriga como Cristo a la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo” (Ef. V, 22-33). Y no hay distinción porque el Espíritu de Cristo vivifica a la Iglesia (esto está en muchos lugares, pero se puede confrontar, por ejemplo, con el discurso de la Última Cena, en Jn. XIII-XVII), que es su Cuerpo; porque “donde hay un solo cuerpo, debe haber un solo Espíritu” (Tertuliano, Ad uxorem, I,2,9). Y porque “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos” (Mt. XXVIII,20), principalmente en la Eucaristía, en la que se entrega el Pan de Vida (Jn. VI,48). Así, es obvio que la Iglesia es mediadora de Salvación, que es una realidad salvífica, por querer de su Esposo, de su Cabeza, de la que Ella es el Cuerpo místico y Sacramento. Y lo es porque la gracia y la verdad, que vinieron y vienen por Jesucristo (Jn. I,17), nos alcanzan porla Iglesia, que brota del Costado abierto de Nuestro Señor, pues “Él se entregó por ella” (Ef. V,25) y es “Salvador de su Cuerpo” (Ef. V,23), y Éste –el Cuerpo– administra sus sacramentos.
Así, pues, no fue en el Concilio de Nicea, como pretende Dan Brown, donde nacióla Iglesia, sino dela Voluntadde Dios hecho Hombre, según es transparente de las Escrituras auténticas.
Aciprensa